Los locutorios ven caer dramáticamente sus ingresos.

Madrid, 24 ago (EFE).- La crisis económica que vive España se ha ensañado con los locutorios de tal modo que las filas que hacían los inmigrantes en la “época de oro”, hace una década, para llamar o para enviar dinero a sus países casi se han convertido en “filas para subirse al avión”.

“Eran otros tiempos”, cuando los locutorios “no daban abasto” con toda la clientela que acudía a “resolver” asuntos, ha asegurado el administrador de uno de estos locales, que coincide con el testimonio de varios de ellos consultados por Efe.

Luis García, dominicano, propietario del locutorio ‘Exprés’, lo tiene muy claro: “Si la cosa sigue así tendré que cerrar y a lo mejor me iré para Nueva York”.

Este empresario coincide con sus colegas en el diagnóstico del problema y culpa a “la crisis, que ha dejado sin trabajo a muchos inmigrantes, que ha obligado a muchos a retornar a sus países y a que los que se quedan reduzcan sus gastos al mínimo”.

“Hay meses que (el negocio) no da para pagar” los gastos, dice Luis, y corrobora lo dicho por la empleada de un negocio vecino que prefiere el anonimato: que hace diez o más años se podían llegar a registrar ochocientos envíos de dinero en un sólo día.

“Es que entonces había trabajo; todo el mundo cobraba y todo el mundo enviaba dinero a sus casas”, afirma Luis, y añade: “Ahora no ves gente en la calle, no se gasta; algunas personas, incluso, reciben dinero desde fuera para poder mantenerse”.

En los tres primeros meses de 2012 fueron enviados desde España a otros países 1.548 millones de euros, frente a los 1.851 millones remitidos un año antes, según un informe de Remesas.org.

Una peruana que regenta un locutorio cerca de Retiro, María Peláez, dice también que los envíos de dinero han disminuido mucho, pero reconoce que “los que tienen trabajo siguen ayudando a su familia y envían algún dinero, aunque ya no como antes”.

El negocio también se resiente por la inmensa cantidad de locales abiertos, que “hacen grande la competencia”, agrega otro dominicano, Manuel Beltré.

Beltré recuerda que en su local “multiusos”, con servicios adicionales de fax, telefonía, desbloqueo de móviles o internet, gestionaba antes unos sesenta giros de dinero cada día, pero ahora, “con suerte, llegamos a los diez”.

Tampoco es posible, como antes, tener empleados porque “no cuadran las cuentas”, y menos con el recién anunciado incremento del IVA. “No sé cuánto tiempo aguantaremos”, dice Beltré.

Este empresario, como otros, menciona además con cierto temor la competencia que suponen las tarjetas prepago con tarifas muy bajas que ofrecen algunas compañías. “Pero nosotros tenemos que ofrecer el servicio, como sea”.

Según este empresario, los locutorios siguen siendo necesarios y la gente recurre a ellos “cuando no tiene saldo en el móvil, para ‘navegar’ por internet o porque internet y llamar por teléfono son más baratos aquí que en casa”.

Patricio Salcedo, un ecuatoriano que llegó hace dos décadas a España y que es uno de los pioneros en el negocio, se recrea recordando que “hace unos años” la gente hacía cola para llamar en los locutorios, pero admite que el panorama ha cambiado y la cola la hacen ahora los inmigrantes “para subirse al avión”.

De esa “época de oro”, coincidente con la llegada masiva de inmigrantes, Patricio rememora el fraude del “tubo”, una palabra que corría de boca en boca para señalar los lugares donde había un teléfono que libraba de las “muy caras” tarifas de Telefónica, “unas quinientas pesetas (tres euros) por minuto”.

Alguien contrataba una línea para un piso y con ella se montaba un “negocio” que consistía en recibir a decenas de personas que pagaban una determinada cantidad por las conferencias. Al cabo de unas semanas el piso era abandonado y Telefónica emitía una factura “hasta por un millón de pesetas” (6.000 euros) imposible de cobrar, dice Salcedo.

Por esa época, además, explica Patricio, había monedas no españolas que servían para “engañar” a las cabinas de Telefónica.

También dice Patricio que al comienzo los locutorios eran un “lugar de encuentro” para los inmigrantes, pero ya ni eso -dice-, pues “ahora la gente tiene su teléfono móvil y los lugares de reunión son los parques o las discotecas….”

Leido en: Todolocutorio.com

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